Dicen que el fugu es una de las delicias exóticas más sofisticadas. Una carísima exquisitez solo para exigentes. Y valientes.
No estoy ideológicamente de acuerdo con la crueldad de criar estos peces solo para filetearlos vivos y satisfacer un capricho gastronómico pero desde siempre me ha parecido una excelente metáfora de la vida. Quién desea vivir la experiencia de saborear el manjar debe ser consciente de que este placer podría matarle. Entre la sabrosa y delicada carne del pez laten sus vísceras venenosas.
Sería esta una descripción suficiente para desistir y sin embargo, año tras año, desde épocas ancestrales la tradición sigue ganando adeptos.
No es lo mismo vivir que sobrevivir. La vida está llena de maravillas que la hacen digna de ser vivida. Y también de tristezas y desengaños que golpean hasta el espíritu mas bravo.
Pero no hay otra forma de elegir la vida y mantenerse a salvo. Es un viaje no apto para cobardes. Los grandes placeres, los logros personales, la dicha de la simplicidad... no es posible apreciar estos privilegios si antes no hemos padecido su falta, de alguna u otra manera.
Cuándo creemos haber encontrado el camino correcto cambian las condiciones, cambia el clima, perdemos el norte y hay que volver a empezar.
Cuándo logramos alcanzar algún éxito personal, después de muchísimo esfuerzo y cientos de caídas... finalmente llegamos a la cima... y ya hay un nuevo reto esperándonos, listo para llevarnos de nuevo a la búsqueda.
Entonces ¿para qué vivir? todos lo hemos pensado más de una vez. Miente quien asegura que jamás sintió la desazón del sinsentido. Y no es fácil encontrar esa respuesta. Al menos a mi, me ha tomado años.
La felicidad está en las pequeñas cosas. Ahá. Cliché que hemos escuchado hasta el hartazgo.
Pero un día cualquiera, por alguna razón, se vuelve real.
Quien elige vivir sabe que el camino no tiene fin, que no hay un punto de llegada sino paradas dónde detenerse a recargar energía y descansar. A meditar cuando sentimos que hemos perdido el rumbo y es necesario parar. Pero luego volvemos al ruedo.
Entonces, esos simples placeres cotidianos se vuelven necesarios. Son las flores silvestres que crecen junto al camino y que de vez en cuando, es bueno detenerse a apreciar.
Es el atardecer que compartirse con algún otro/a caminante que también hacía su parada. Y la pequeña fogata con maderas del bosque. Es el aroma de la lluvia, la luz del amanece, la mirada espectante de un animal. La sonrisa de alguien que amas. Los besos y la música.
Toda una orquesta que nos ofrece su música de fondo cuando son nuestros pasos lo único que se oye en la escena. Escuchar esa melodía es una elección.

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